
Tabla: Miradas.
Nº2: Miradas que Asesinan.
Fandom: Original.
Miradas que Asesinan.
Existen todo tipo de miradas.
Están aquellas que enamoran, aquellas miradas adorables que enternecen tu corazón hasta el punto de jamás poder olvidar a su propietario. Están también aquellas miradas ingenuas, miradas que te permiten conocer limpiamente el interior de quien las ostenta. Miradas sinceras, y miradas culpables. Miradas vacías, e inexpresivas, que reflejan, sin embargo, mucho más que aquellas miradas siempre encendidas, siempre alegres, de las cuales poco a poco, se va opacando el brillo que las caracteriza.
Pero no todas las miradas transmiten las mismas sensaciones, y no todas pueden ser recordadas con afecto.
Están aquellas avasalladoras, aquellas que con el más leve contacto, logran congelar por completo tu corazón. Miradas que atraen escalofríos, que te devuelven a un pasado oscuro, aquél que pretendiste olvidar, y que sin embargo, te persigue constantemente en tus pesadillas más horribles, pareciendo dejarte desnudo y sin protección ante la amenaza del mundo.
Aquellas que expresan todo el odio que sabes alguna vez experimentaste, por todos y por ti mismo.
Miradas… Miradas que asesinan.
Recuerdo aquél día con total nitidez. No es la típica historia que recuerdas con afecto, ni con aquella sensación de alivio que te embarga luego de descubrir que en realidad, nada era tan malo como parecía serlo.
El sol se alzaba orgulloso sobre nuestras cabezas, exhibiendo su esplendor en medio del firmamento.
Yo no gustaba de aquél clima, por lo que caminaba enfurruñada, observando con aprehensión la diversión plasmada en los rostros de los jóvenes que se dirigían, alegres, hacia su respectivo instituto.
Guardaba la esperanza, de todos modos, de un cambio abrupto en la luminosidad del cielo: Mi instinto me decía que finalmente acabaría lloviendo. Aquella ciudad constaba de un clima muy cambiante.
Me adentré en las instalaciones del instituto, con una expresión algo más optimista impresa en mis facciones.
Yo soy una chica algo extraña, siempre lo he sido, por lo que no era inusual que anduviese sola por los pasillos, con ademán abstraído. Gustaba de ello, en realidad. Y me otorgaba cierta protección.
En aquél estado de taciturnidad, tampoco era de impresionar que no hubiese sentido la presencia de aquellos pies que se acompasaron sin problemas al ritmo de mis pasos, a pesar de creer estar siempre lo suficientemente alerta.
No fue hasta que decidí salir al jardín del campus, a tomar algo de aire, y estudiar para mi próximo examen, que noté que no me encontraba sola, como pensaba estarlo.
Al alzar la mirada, me topé de lleno con un asombroso par de ojos azules. Profundos e intensos, se me asemejaron de manera sorprendente al mar.
Me observaban curiosos, expectantes: el exacto reflejo de lo que mi mirada debía representar.
No supe que decir; pues, era conocido entre todos que socializar no era realmente mi especialidad. Me dejé caer con suavidad en uno de los bancos dispuestos para los alumnos, apoyando mis libros por sobre la mesa, y fingiendo concentrarme en ellos.
Aquél muchacho enigmático me imitó, sin inmutarse.
Instintivamente, no sé muy bien si por vergüenza o por miedo, impuse una barrera entre ambos: Mi cabello. Pasaron un par de minutos de ese modo… Resultaba casi ridículo, pero me parecía poder oír el tenaz tic-tac de mi reloj de pulsera retumbando en mis oídos. Como el palpitar constante de la sangre tras un cardenal, como el zumbido molesto de una abeja revoloteando a tu alrededor cuando intentas concentrarte.
Aquél molesto tic-tac era lo único que interrumpía el silencio perturbador en el que nos habíamos sumido por acuerdo tácito. Mutismo por parte de ambos.
Los pasillos del colegio debían de encontrarse vacíos, y en los jardines no se escuchaba el más mínimo ruido que perturbara la absurda tranquilidad que reinaba a nuestro alrededor.
Bastó que me atreviese a mirarle directamente, sin embargo, para que aquél muchacho comenzase a hablar.
Me observó con agudeza, y una completa inexpresividad impresa en su agraciado rostro.
Me sentí repentinamente desprotegida, como si pudiese traspasar la barrera impuesta por las leyes de la naturaleza, y ahondar más allá de mis ojos.
- Eres tú. – Afirmó, con una voz vacía, sin embargo, sutilmente aterciopelada.- Recuerdo con claridad aquellos ojos verdes, aquella mirada ingenua, que intentaba esconder más de lo que conseguía expresar. Recuerdo también aquél lunar – Apuntó, dejando que uno de sus dedos, largos y níveos como la nada misma, se posara por sobre una marca de nacimiento que se posicionaba, pequeña y clara, junto a la comisura de mis ojos.
Su tacto era gélido, espectralmente frío. - ¿Cuántos años han pasado desde aquella vez? –Inquirió.-Lo recuerdas, ¿no?
- Cuatro. – Respondí instantáneamente, como si aquella respuesta no hubiese brotado voluntariamente desde mis labios.
Un escalofrío recorrió ascendentemente mi espalda.
- Cuatro. – Repitió, con una sonrisa beatífica. –Cuatro años, y has conseguido mantener una vida normal. – Ladeó la cabeza, dejando que su cabello sedoso y brillante, cayese con soltura a cubrir su rostro. - ¿Qué acaso no te perturba?
Mi mano derecha se alzó involuntariamente hasta posarse en la parte posterior de mi cuello, deslizándose mis dedos con suavidad por sobre aquella trastornante cicatriz.
- Perturbar… ¿qué?
- Mi asesinato, hermosa. – Constató, casi con impaciencia. - El cual perpetraste con tus propias manos, debo acotar. ¿No lo recuerdas? – Parecía distraído al ladearse su cabeza con docilidad, en dirección al horizonte. - N…no.
Una media sonrisa se abrió paso con lentitud en su rostro.
- Me impresionas. ¿Cuál es, entonces, la versión oficial de la historia?
...La versión oficial. ¿Se refería acaso a lo que los psiquiatras que me trataron a lo largo de todos estos años no habían hecho más que mentir?
- Crimen pasional. –Musité. – Me… me explicaron que tú… asesinaste a mi…novio. – No estaba en realidad demasiado convencida, aunque a los doctores jamás pareció importarles que yo no manifestase la más mínima tristeza. Incluso en aquél momento, intenté llorar, pero las lágrimas, ante la ausencia de dolor, simplemente no acudían a mis ojos.- Y de paso… intentaste asesinar…me. – Inconscientemente, mi mano regresó a trazar los surcos de la horrorosa cicatriz que marcaba el contorno de mi cuello.
Negó con la cabeza, dueño de un temple admirable.
- ¿No crees que hay algo extraño en todo aquello? – El cielo que intentaba abrirse paso en sus ojos, luchaba por esconder lo que en realidad sentía.
- Supongo. – Murmuré, cerrando los ojos, en un ademán confundido.
- Hey. – llamó, posando las frígidas yemas de sus dedos bajo el hueco de mi cuello – Escúchame.
Alcé la mirada con humildad, observándole en silencio.
- Esa cicatriz…- Apuntó, adentrando su mano congelada tras mi cuello, hasta posarla sobre aquella horrible marca. –… No es producto de un intento de asesinato- continuó, con gravedad. – Es el resultado de un proceso mediante el cual han pretendido…-Su rostro se crispó con evidente desagrado. - … borrar del todo tu memoria. Borrarme a mí. –Concluyó, asqueado.
Abrí los ojos desmesuradamente, evidenciando del todo mi sorpresa.
- Significa aquello que… ¿Insinúas que todo lo que creo cierto está basado en una…?
- Mentira, sí. - Se detuvo un instante - ¿No preguntarás lo más importante?
- ¿Qué es más importante que mi propia identidad?
- La mía. – terció, con un dejo de resentimiento en la voz. - ¿No quieres saber quién soy?
- Si no puedo recordarte…
- Oh. Lo harás, créeme. – Aseguró – Solía llamarme Drake…
Drake…Drake. – Intenté asimilar su nombre como algo propio, repitiéndolo una y otra vez, de manera que resonase a lo largo de cada resquicio de mi mente.
Y comprendí.
Drake.
Lo recordaba como una silueta alta y desgarbada, pareciéndose deslizarse, con gracilidad envidiable, a través de la oscuridad.
¿Cómo podría olvidar aquella mirada fría, aquella mirada antaño repleta de un sentimiento que en algún momento, creí reconocer como amor… congelarse, asemejándose aquél tono azuloso a los mismísimos glaciares árticos?
Y recuerdo haber corrido desesperada, haber intentado escapar… Pero no, no era aquél mi asesino.
Porque yo no había muerto… ¿o sí?
Su cabello oscuro se fundía con facilidad en las sombras, y su pálida tez se camuflaba con una rapidez envidiable entre los plateados y nebulosos rayos de luz de luna…
Y correr…correr.
¿Pero escapando de quién? ¿Cómo podría ser mi amado, el que ahora ostentaba el papel de perseguidor?
Manos vacías…manos de muerto. Manos deseables, ¡Poesía en el viento!
Escapar…
Ven a mí, criatura… No tardarás en caer… Aunque el tiempo te haya cobijado bajo su manto amable, traicionero se ha de volver…
En una odisea desesperada… Necesitaba… escapar… pero aquella figura se alzaba, inexorable, sobre mi cuerpo en mi movimiento… Imposible de evitar.
Frágil…quebradiza…como los pétalos de la flor más sutil…
¿Pero como renegar de aquello que amas… Cómo escapar de lo único que te mantiene atada?
Regresa a mí, criatura… No tardarás en caer… - Repetí al son de una tétrica melodía, una y otra vez.
- No – murmuré, volviendo a vislumbrar su presencia etérea.- No… - Aquella negación de escapó de mis labios como un débil susurro ahogado, perdido en los temblores que tomaban posesión de mis extremidades…- ¿También tu has mentido…?
Asintió, de manera vehemente.
- He vuelto por algo que me pertenece. – Se explicó, con simplicidad, mas sus ojos se encendieron de un azul electrizante, gélido… amenazador.
- Tu alma. – Completó, sin inmutarse. Y sin más que pudiese ser agregado al denso silencio que amenazaba con cernirse sobre nosotros, se inclinó con suavidad, destilando un atrayente halo de misterio, que como si fuese una fuerza magnética, me atrajo sin necesidad de tacto hacia él… Uniéndonos de inmediato en un beso apasionado, electrizante… extraño… que, luego de sentir repetidamente aquél contacto gélido contra mis labios expectantes, se congeló en el viento… Robándome el poco aliento que aún conservaba…
Para no devolverlo jamás.
El último recuerdo que poseo, velado celosamente en lo más profundo de mi corazón, es aquella mirada.
Aquellos fríos y distantes ojos azules, claros y apacibles…siniestros y austeros a un tiempo… que sin embargo, lograron dejar una cicatriz imborrable en la superficie de mi ahora frágil corazón.
Siempre creí ser fuerte, siempre creí poder lograr lo que quisiera… Pero ahora, postrada en esta maldita habitación, sin más escenario que cuatro paredes del blanco más inmaculado… Me he dado cuenta que en realidad nada es lo que creía.
Que a pesar de lo que cualquiera pudiese decir…Jamás conseguiría olvidar aquella mirada azulosa…
Aquella maldita mirada asesina.
FIN.
Danielle.-




2 comentarios:
¡Me encantó, Danielle!
Hay tantos tipos de miradas ... ahh!
Simplemete precioso, muy bien redactado.
Besos,
*Lizzie*
Me sumo a lo que dice mi querida hijita.
Hay tanto tipos de miradas, pero esta has sabido captarla muy bien.
Besitos
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